¿Biodanza: una vía de integración o una adicción afectiva?
La Biodanza es una propuesta que busca la integración del ser humano a través del movimiento, la música y el encuentro con otros. Se fundamenta en la activación de líneas de vivencia como la vitalidad, la creatividad, la afectividad, la trascendencia y la sexualidad, con el objetivo de ampliar la expresión del potencial humano. Sin embargo, surge una pregunta crucial: ¿hasta qué punto el trabajo con la afectividad y la sexualidad en Biodanza fomenta un desarrollo genuino y autónomo de estas cualidades, y en qué medida puede generar dependencia emocional o adicción a la experiencia grupal?
El contacto y la caricia como necesidad humana
El contacto físico y la caricia son esenciales para el bienestar emocional y fisiológico. Desde la infancia, el tacto es una fuente primaria de seguridad y desarrollo. En la adultez, sigue siendo un componente fundamental de la salud mental y relacional. En este sentido, los ejercicios de contacto y afectividad en Biodanza pueden actuar como un canal reparador para personas con carencias afectivas o dificultades en su historia vincular.
Sin embargo, cuando la satisfacción emocional o incluso erótica se experimenta exclusivamente dentro del contexto del grupo y no se traslada a la vida cotidiana, podemos encontrarnos con un fenómeno preocupante: la búsqueda reiterada de la sesión no como un espacio de crecimiento, sino como una fuente exclusiva de bienestar momentáneo.
¿Desarrollo o dependencia?
Uno de los riesgos del trabajo con la afectividad y la sexualidad en Biodanza es que algunas personas no integren estas experiencias en su vida personal, sino que las reserven exclusivamente para el grupo. Esto puede generar una dependencia emocional, en la que la persona necesita la sesión para sentirse querida, aceptada o eróticamente viva. En algunos casos, incluso, la intensidad de la experiencia grupal puede eclipsar la vida afectiva y sexual fuera del grupo, haciendo que las relaciones de pareja o las interacciones cotidianas parezcan menos estimulantes.
Además, el hecho de que personas con pareja busquen la intensidad del contacto grupal para sentirse plenas sugiere que la vivencia en Biodanza puede estar actuando como un sustituto de la intimidad real, en lugar de potenciarla en su vida personal. La pregunta clave aquí es: ¿estamos facilitando un camino hacia una sexualidad y afectividad más libres y saludables, o estamos generando una burbuja que se vuelve imprescindible para la satisfacción emocional?
El riesgo de la pseudo-satisfacción
La Biodanza trabaja con la emoción en el cuerpo, pero no necesariamente con la reflexión o el procesamiento cognitivo de la experiencia. Esto puede llevar a que algunas personas confundan la intensidad de una vivencia con un desarrollo real. La sensación de plenitud dentro de la sesión puede ser momentáneamente satisfactoria, pero si no se convierte en una capacidad internalizada para generar vínculos afectivos y eróticos fuera del grupo, lo que se está promoviendo no es integración, sino una dependencia de la experiencia biodanzante.
Es aquí donde aparece el concepto de pseudo-satisfacción: una sensación placentera que se obtiene en el momento, pero que no conlleva un cambio estructural en la forma en que la persona se vincula fuera del grupo. En este sentido, la Biodanza puede estar cubriendo una necesidad sin resolverla verdaderamente, funcionando como un paliativo en lugar de un proceso de transformación.
¿Cómo evitar que la Biodanza genere dependencia?
Si bien la Biodanza tiene un enorme potencial terapéutico y de desarrollo humano, es importante que los facilitadores sean conscientes de estos riesgos y trabajen con estrategias para fomentar una verdadera integración:
- Fomentar la autonomía emocional: Ayudar a que los participantes trasladen las vivencias a su vida cotidiana, reflexionando sobre cómo pueden construir vínculos afectivos y eróticos más satisfactorios fuera del grupo.
-Equilibrar la intensidad con la integración: Generar espacios de diálogo o reflexión para que las personas no solo vivan la experiencia, sino que comprendan su impacto en su desarrollo personal.
- Evitar la repetición mecánica: No estructurar las sesiones de manera que se generen dependencias a ciertos ejercicios de contacto o afectividad, sino promover una variabilidad que favorezca el crecimiento genuino.
- Observar patrones de dependencia: Identificar si hay participantes que solo asisten en busca de contacto físico o estimulación erótica y orientarlos hacia una integración más profunda.
- Trabajar la transferencia: Dado que la Biodanza puede activar procesos emocionales profundos, es clave que los facilitadores estén preparados para manejar la transferencia y derivar a los participantes a procesos terapéuticos si es necesario.
La Biodanza tiene un poder transformador, pero también puede generar dinámicas de dependencia si no se trabaja con conciencia y responsabilidad. El reto es asegurarse de que los participantes no solo experimenten afectividad y erotismo dentro de la sesión, sino que desarrollen estas cualidades en su vida diaria. De lo contrario, en lugar de ser un camino de liberación, la Biodanza puede convertirse en una fuente de satisfacción efímera que refuerza la carencia en lugar de superarla.
Es fundamental preguntarnos constantemente si estamos facilitando un proceso de expansión de la afectividad y la sexualidad o si, sin darnos cuenta, estamos generando una necesidad que solo se satisface dentro del grupo. La respuesta a esta pregunta marcará la diferencia entre una Biodanza que libera y una Biodanza que atrapa.
Uma Zuasti