Riesgos de la regresividad corporal sin elaboración verbal: una perspectiva psicoclínica contemporánea

Riesgos de la regresividad corporal sin elaboración verbal: una perspectiva psicoclínica contemporánea

En las prácticas corporales vivenciales con orientación terapéutica, la inducción de estados regresivos ha sido históricamente considerada un recurso para facilitar el acceso a experiencias emocionales tempranas y a contenidos implícitos inscritos en el cuerpo. No obstante, desde los desarrollos actuales de la psicología clínica, la neurociencia afectiva y la teoría del trauma, se reconoce que la activación regresiva sin un proceso de elaboración verbal y simbólica conlleva riesgos significativos para la integración psíquica, especialmente en personas con antecedentes de trauma relacional o apego inseguro.

Diversos autores señalan que las experiencias corporales intensas activan predominantemente sistemas subcorticales implicados en la memoria implícita, como la amígdala, el hipocampo y el tronco encefálico (LeDoux, 1996; Panksepp, 1998). Estas memorias, de carácter pre-verbal, no están organizadas narrativamente y requieren de procesos de simbolización para ser integradas en el self consciente. Cuando dicha integración no se produce, el material activado puede permanecer fragmentado, dando lugar a fenómenos disociativos (Van der Kolk, 2014).

La disociación, entendida como una alteración en la integración de la conciencia, la memoria y la identidad (APA, 2013), puede manifestarse de forma sutil en contextos grupales vivenciales. Estados de aparente calma, entrega o euforia pueden coexistir con una desconexión interna del sujeto respecto a su experiencia emocional. Este tipo de disociación funcional resulta particularmente difícil de detectar cuando no se habilitan espacios de palabra que permitan al participante reflexionar, nombrar y contextualizar lo vivido.

Desde la teoría del apego, se ha evidenciado que las experiencias regresivas que implican fusión corporal o contacto indiferenciado pueden reactivar modelos operativos internos asociados a vínculos inseguros o desorganizados (Bowlby, 1988; Main y Solomon, 1990). En ausencia de un encuadre verbal claro y de una función de mentalización, estas activaciones pueden reforzar patrones de supervivencia tempranos —como la congelación, la sumisión o la complacencia— en lugar de promover procesos de diferenciación y autonomía psíquica.

La teoría de la mentalización (Fonagy et al., 2002) subraya la importancia de la capacidad de reflexionar sobre los propios estados mentales y emocionales como eje central de la integración psicológica. Las prácticas corporales que prescinden de la palabra limitan esta capacidad, al no facilitar la traducción de la experiencia somática en representaciones simbólicas compartibles. En esta línea, Siegel (1999) plantea que la integración se produce cuando se establecen vínculos entre procesos implícitos y explícitos, permitiendo una coherencia funcional entre cuerpo, emoción y cognición.

Asimismo, desde la teoría polivagal (Porges, 2011), se comprende que los estados regresivos intensos pueden implicar activaciones del sistema nervioso autónomo que oscilan entre la hiperactivación simpática y el colapso dorsal vagal. Sin un acompañamiento verbal que ayude a restaurar la orientación temporal y relacional, estas activaciones pueden perpetuar estados de desregulación en lugar de favorecer la autorregulación.

Por todo ello, los enfoques corporales contemporáneos con orientación terapéutica enfatizan la necesidad de integrar la experiencia corporal con espacios de elaboración verbal, reflexión y diálogo. La palabra cumple una función organizadora que no busca intelectualizar la vivencia, sino facilitar su inscripción en la narrativa personal del sujeto, promoviendo la integración del self y la consolidación de recursos psíquicos estables.

En el método Danza Emoción, la experiencia corporal es concebida como un punto de acceso privilegiado al mundo emocional y simbólico, que requiere necesariamente de un espacio posterior de elaboración verbal inspirado en modelos dialógicos y de mentalización. Esta integración cuerpo–emoción–palabra permite reducir el riesgo de disociación, reforzar la autorregulación y promover procesos de transformación respetuosos con la singularidad y el ritmo de cada participante.

Referencias

American Psychiatric Association. (2013). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5th ed.). Author.

Bowlby, J. (1988). A secure base: Parent-child attachment and healthy human development. Routledge.

Fonagy, P., Gergely, G., Jurist, E. L., & Target, M. (2002). Affect regulation, mentalization, and the development of the self. Other Press.

LeDoux, J. E. (1996). The emotional brain: The mysterious underpinnings of emotional life. Simon & Schuster.

Main, M., & Solomon, J. (1990). Procedures for identifying infants as disorganized/disoriented during the Ainsworth Strange Situation. En M. T. Greenberg, D. Cicchetti, & E. M. Cummings (Eds.), Attachment in the preschool years: Theory, research, and intervention (pp. 121–160). University of Chicago Press.

Panksepp, J. (1998). Affective neuroscience: The foundations of human and animal emotions. Oxford University Press.

Porges, S. W. (2011). The polyvagal theory: Neurophysiological foundations of emotions, attachment, communication, and self-regulation. W. W. Norton & Company.

Siegel, D. J. (1999). The developing mind: How relationships and the brain interact to shape who we are. Guilford Press.

Van der Kolk, B. A. (2014). The body keeps the score: Brain, mind, and body in the healing of trauma. Viking.

Uma Zuasti

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